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Mi alfombra es de Tierra, viento y con bastantes plantas secas.

Este fin de semana celebramos la fiesta del Corpus, que traducido literalmente significa cuerpo. Es también costumbre (es curioso como nos acordamos de cosas que «siempre hemos hecho así», y casi se convierten en norma de obligado cumplimiento) que se hagan alfombras (de sal, de serrín, de pétalos, de pinocha…), e incluso son de visita y de interés cultural. He de decir que hay verdaderos artistas a lo largo y ancho del mundo que configuran verdaderas obras de arte, y en nuestra isla también.

También es costumbre que se haga una procesión en la que el sacerdote, con la custodia, pise dichas alfombras como señal y reconocimiento que nuestro amigo Jesús, está por encima de todo y además los que hacen las alfombras se sienten orgullosos que el propio Jesús desbarate lo que con tanto trabajo ha costado construir, con muchas horas de dedicación.

Pero a mí me gustaría que la alfombra por la que pasa Jesús, sea de tierra, polvo y viento y plantas secas. No porque tenga que ser así, sino porque es – en mi pueblo – como son las calles, o al menos hasta no hace mucho tiempo. Unas calles por las que transitan un montón de personas que desgraciadamente son anónimas para mí, pero que probablemente no lo sea para el propio Jesús. Personas con su problemática familiar, social, de trabajo, de relación….

El Cuerpo y la Sangre de Jesús son el alimento para todas esas personas que necesitan del aliento, de la escucha, del ánimo, del apoyo… en ese camino rudo y duro diario con el que se encuentran día a día. El cuerpo de Jesús que se parte y reparte tiene que ser el alimento de tantos sudores, de tantas lágrimas, de tantos desencantos, de tantas colas de pobreza para llevar algo a sus seres queridos.

En esto tenemos mucho que ver aquellos que decimos que creemos en un tal Jesús de Nazaret. Muchos decimos que creemos, pero a lo mejor es de boquilla, y nuestro corazón es duro como una piedra. Cada vez estoy más convencido que creer en Jesús no es solamente celebrar la Eucaristía dominical. Eso, en el fondo, es tranquilizar una conciencia normativa y me vuelvo a casa igual o peor de lo que salí. No somos mejores ni peores cristianos por ir o no a misa un domingo. Creer en Jesús de Nazaret es demostrar mi generosidad en tiempos de pandemia; es anunciar a los cuatro vientos que Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida a pesar del gobierno de turno que procura callarnos la boca; creer en Jesús es apuntar a mi hijo a clase de religión, es creer que la primera comunión no es una meta en mi proceso de fe, sino una etapa en ese proceso.

El Cuerpo y la Sangre de Jesús es una invitación a una comida en la que todos cabemos, nadie queda fuera del pan partido y compartido. No hay o no debe haber puertas cerradas par que los diferentes nos reunamos en torno a la mesa que nos hace uno, en la que no hay razas, ni lenguas, ni fronteras. Está bien hacer la genuflexión por Floyd, el hombre de color muerto a manos de la policía de USA, pero no nos olvidemos de hacer la genuflexión por todos los ancianitos que han muerto en la soledad víctimas de covid 19.

Muchas flores y plantas secas en balcones que hasta hace muy poco estaban siendo regados con cariño, con amor, con delicadeza, con sutileza… no seamos cristianos de medios de comunicación que solamente buscan el éxito de un día .

Celebremos la alfombra desnuda, pero compartida. Celebremos la alfombra de lo que somos y tenemos con los que quieren y no pueden o no saben. Celebremos la alfombra que comparte y reparte un calor y una comida que dura para toda la vida. Solo así seremos capaces de tener un buen Corpus.

                                                                                                                                                                                                         Paco Mira, 

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