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Sin duda: Lo pequeño se hace grande.

Una de las cosas que siempre me han maravillado del evangelio, es que no es una tesis de ingeniería aeroespacial con tintes de física nuclear. Es decir que solamente lo entienden tres y los demás se lo creen porque no tienen ni idea de ello. Pero el evangelio habla de lo que todo el mundo entiende, o por lo menos tiene una idea de ello, no hace falta un master universitario para ello, habla de pesca, de agricultura, de labores domésticas, de situaciones de muerte y de vida en la propia vida, de salud y enfermedad, de alegrías, de sinsabores, de ilusiones, esperanzas…. habla de la vida, de lo que vemos y sentimos cada uno de nosotros en nuestras realidades concretas.

Y este fin de semana – ya lo comenzamos la semana pasada – volvemos a contemplar dos situaciones que vivimos con mucha frecuencia. Por un lado volvemos a plantar un grano de mostaza. No se si ustedes han visto alguna vez un granito de mostaza, es que más pequeño no puede ser, y sin embargo cuando crece, se convierte en un árbol o arbusto más grande que cualquiera de las hortalizas. Por otra parte nos habla de levadura, que es lo que hace aumentar por ejemplo el pan. Ya ven que sin duda, lo pequeño se hace grande.

Se preguntarán que puede tener que ver con nosotros y es que desde el año 33, desde que muere Jesús, hemos querido hacer una religión enorme, poderosa, un cristianismo poseedor de una verdad absoluta y que nadie nos puede rebatir y es curioso cómo el propio fundador nace en la humildad y pequeñez de un pesebre. Es sin duda, el guión programático del Padre: desde la base, desde la certeza de lo pequeño, donde lo grande viene por añadidura y es donde arranca la credibilidad del cristiano.

Atrás quedan las etapas y las épocas de las grandes cruzadas; atrás quedan – o eso quiero creer – las épocas de las guerras de religión porque mi Dios – el Dios de todos – es más grande que el del otro, cuando sabemos de antemano que es el mismo Dios hecho hombre, entregado al servicio de los demás y que entregó su vida por amor, no por salir en la portada de ninguna revista del corazón y que haya cobrado por la exclusiva.

Es verdad que vivimos tiempos convulsos, tiempos de incertidumbre, tiempos propicios para la cizaña, pero no son tiempos nuevos. Siempre ha habido estos tiempos y quizás hasta, dentro de lo malo, es bueno para zarandearnos de alguna manera y que espabilemos ante tanta pasividad. Seguirá habiendo quien intente arrancar lo bueno dentro de lo plantado con ilusión, ganas y esperanza… pero para ello estamos nosotros, para dar validez a la realidad de ese Reino y su justicia que en el fondo es lo que el propio Jesús vino a instaurar.

Miremos por una Iglesia del Papa Francisco, como el pesebre de Belén: humilde, sencilla, sin grandes lujos, pero con la sinceridad de quien está convencida de su misión y de su salida dentro de sí misma. Y ojo, que la Iglesia no son grandes edificios, ni demasiados curas… la iglesia es la responsabilidad de todos los que en su momento hemos sido bautizados y que no es el privilegio de unos pocos.

Seamos mostaza; seamos levadura… seamos lo pequeño que contribuye a que se haga grande. No seamos los grandes que sabemos más que los pequeños. No nos olvidemos que mientras no nos hagamos pequeños, las puertas del reino de los cielos no se abren demasiado aunque estemos bautizados, vayamos a misa con frecuencia y tranquilicemos nuestras conciencias.

                                                                                                                         Hasta la próxima. Paco Mira

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