UNA MADRE QUE NUNCA ABANDONA A SU HIJO MARINERO.

El mes de julio, no solamente es de vacaciones, sino que el calendario, quizás no de forma caprichosa, también nos recuerda y nos toca la fibra y piel sensible de quien nos ampara, protege, cuida, mima, vela solícita y siempre está a nuestro lado, como es nuestra madre María. No es la festividad de este domingo, pero sí me apetece compartir mi reflexión hacia esa gente que creemos que puede ser sencilla, pero que de eso no tiene nada.

Tengo un conocido que estuvo más de veinte años embarcado en un barco que hacía la ruta de la Península hacia Holanda y los países nórdicos. Comentando con él, su trabajo, sus anhelos, su «vida novelesca en algunos casos de que en cada puerto tienen un amor», su vida a bordo…. él me comentaba que lejos de lo rosa que nos puedan pintar la vida de un marinero, es una vida que apasiona, que sensibiliza ausencias, que hace valorar aquello que no tenemos cerca, que hace madurar a los que con edad temprana comienzan la aventura del trabajo.

Pero hubo algo que me dejó grabado en la infinidad de conversaciones que teníamos siempre que nos veíamos: el profundo sentido religioso del marinero. Quizás no sea tanto de profesar una religiosidad práctica, cuanto de un sentimiento profundo que a su Virgen del Carmen no hay quien se la toque; una Virgen a la que acuden en los momentos de fragilidad y de debilidad;  una Virgen a la que acuden en los momentos de soledad (que son muchos) y de tristeza; una Virgen a la que llevan siempre en su corazón y que se desviven por ella y a la que le cantan, Salve , Estrella de los Mares.

Y es que María, como cualquier madre, está donde y cuando tiene que estar. Acompaña en el silencio, en el anonimato y en segundo plano a sus hijos para que se den cuenta que la vida es de ellos y que tenemos que aprender a caminar solos en un mundo que se me antoja que no es nada fácil. Pero una madre no deja de velar para que a sus hijos no les pase nada y que en el caso de que así sea, que sepan que siempre estará ella para reconfortarnos en los momentos de mayor dificultad.

Ser marinero no es fácil. Quizás como cualquier otra profesión, pero es que esta lleva añadido la soledad, la distancia, el alejamiento,… y es cuando más se echa en falta aquello que quieres y necesitas. Es como los polluelos que cuando la gallina extiende sus alas, ellos se meten debajo al amparo y protección de su madre.

El evangelio de este fin de semana nos va a hablar de la mirada de Jesús. Hemos de aprender, nosotros, en la Iglesia, en nuestra querida Iglesia, a mirar a la gente como la miraba Jesús, sean o no marineros. Mirarlos y captar el sufrimiento, la soledad, el desconcierto, el abandono… La compasión no brota de la atención a las normas o el recuerdo de nuestras obligaciones. Se despierta, lo mismo que hizo María, cuando miramos atentamente a los que sufren. Y el marinero, a veces, es uno de ellos.

Un día tendremos que revisar ante Jesús, cómo miramos y tratamos a esas muchedumbres que se nos están marchando poco a poco de nuestras Iglesias, porque quizás ya no le digan nada nuestros discursos, comunicados y declaraciones. Personas sencillas a las que estamos decepcionando porque ya no ven en nosotros la compasión de Jesús. María, desde su silencio, nunca abandona a sus hijos. Nosotros, a veces, abandonamos aquello que más apreciamos y queremos.

Ojalá que la Virgen del Carmen, nos ayude a todos.

 Hasta la próxima. Paco Mira

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