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ZAQUEO, PACO, LUISA…¿ TE ENCUENTRAS O SALES AL ENCUENTRO?

Lo que no podemos negar es que España tiene unos rincones de lo más maravillosos. A veces pensamos que lo de otros es mejor que lo nuestro y no es así. A veces programamos vacaciones en el extranjero, cuando no conocemos nuestra geografía. Salamanca es uno de esos rincones, de esas ciudades de nuestra querida España ( como cantaba Cecilia, aquella del ramito de violetas), que es hermosa, muy hermosa. He tenido la gran fortuna de vivir allí cinco maravillosos años. Cuentan que el gran Miguel de Unamuno, cuando daba clase en la universidad, le hicieron una estatua de reconocimiento, a tamaño natural, que colocaron en el hall principal de la facultad. El, que era de costumbres fijas: horario, espacios, entrar por la misma puerta… de pronto dejó de hacerlo. El bedel de entonces, preocupado por la actitud de D. Miguel, se armó de valor y le preguntó: “D. Miguel, perdone, ¿puedo hacerle una pregunta?. Por supuesto, respondió él. ¿por qué desde que pusieron su escultura en el hall principal, usted dejó de entrar por la puerta que da acceso a él?. Unamuno lo miró fijamente y le respondió. Amigo, es que me da miedo encontrarme conmigo mismo”
Maravillosa la reflexión de Unamuno. Creo que algo parecido le ha sucedido a Zaqueo: No era capaz de ubicarse, de colocarse, de encontrarse y… se hizo el encontradizo, aunque para ello tuviera que subirse a una higuera. Quiso saber lo que pasaba y al que pasaba y las casualidades provocadas hicieron que le señalara con el dedo, que le llamara por su nombre, y que le dijera, hoy me hospedo en tu casa.
Me da la impresión que nosotros no estamos buscando como Zaqueo. Estamos en la higuera, no subidos a ella. Jesús sigue pasando entre la multitud, entre la cantidad de gente que nos rodea. Hay infinidad de situaciones en la vida, de momentos, de rostros, de gestos, de caras… que nos señalan con el dedo y que nos llaman a cada uno por nuestro nombre. Nuestra fe, el programa de todos los santos, de todos nosotros, las bienaventuranzas, tiene que ser un encuentro personal con Jesús.
Zaqueo, para aquella época, seguro que también vivía en una sociedad de ruido, de poco silencio. Cuando pasa Jesús, seguro que también había algarabía, pero él supo hacer su silencio para escuchar su nombre, no el de otros que probablemente también fueron llamados (como los santos que hemos celebrado estos días), sino el de él.
El oír nuestro nombre requiere una respuesta. Ojalá que no tengamos miedo como Unamuno a reconocer nuestra pequeñez como Zaqueo y que busquemos aplicar las bienaventuranzas puesto que es el mensaje propio del que llama a no estar en la higuera.
Hoy, nuestro mundo y nuestra posición en el mundo, nos lleva a estar vivos. No nos quedemos solamente con la visita al cementerio; no nos
quedemos con la visita al lugar de la paz y de la tranquilidad. Seamos ágiles en conocer aquello que el Concilio llegó a llamar los signos de los tiempos, bajemos de nuestra higuera personal, seamos capaces de encontrarnos y dejarnos encontrar y comencemos a abrir las puertas de nuestra casa, de nuestro corazón, puesto que hoy va a quedarse con nosotros.
                                                                                                                                                                                               Paco Mira.
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