EL TRABAJO EN FAMILIA.

El calendario se me antoja que, a veces, es caprichoso. Hace coincidir festividades que no deberíamos de tener marcadas en el mismo, porque eso supondría que lo que hacemos, lo estamos haciendo bien y por ello no hay nada que celebrar.

Que el trabajo es un derecho de todo ser humano, eso lo tenemos claro todos, menos algunos políticos que no acaban de entenderlo así. Que el derecho al trabajo está reconocido en la declaración universal de los derechos humanos, también lo tenemos claro, menos los anteriormente mencionados. Pero lo que parece que no tenemos tan claro, son las condiciones en las que se de da ese trabajo.

Todos podemos ser buenos y generosos. Todos podemos ser condescendientes en un momento determinado. Todos podemos ser complacientes en algún momento de nuestra vida, pero lo que no podemos es dejarnos pisotear simplemente por el derecho básico de la comida a cualquier precio. La dignidad humana no se pisotea; la dignidad humana no se vulnera bajo ningún concepto.

Los contratos de trabajo que hoy en día se nos ofrecen probablemente no sean los mejores, pero como la lista de espera es larga, el empresario tiene la sartén por el mango y vulnera – en muchos de los casos – las condiciones laborales de aquellos que quieren acceder al mismo: misma cantidad de trabajo con un salario más reducido; número de horas a trabajar mayores que si tuviéramos la jornada completa, etc…

Creo que no se puede vulnerar la dignidad humana, sabiendo que quien pide un puesto de trabajo tiene que comer todos los días y sacar adelante una familia que le arropa y le apoya.

Los pescadores de la época de Jesús también estaban desanimados porque el trabajo, la pesca no era la mejor. Pero la confianza en el maestro les llevó a volver a intentarlo bajo la atenta mirada del propio Jesús: eureka. El trabajo salió adelante. ¡Con qué facilidad nosotros arrojamos la toalla!. ¡Con qué facilidad pensamos que las cosas no tienen solución!. El domingo pasado los discípulos tenían las puertas cerradas por miedo!. Juan Pablo II, decía no tengan miedo, esa es la invitación a la reivindicación de los derechos: no tengamos miedo, seamos valientes para no dejarnos pisotear en lo fundamental.

 También el calendario quiere que celebremos el día de la madre. No quiero caer en la trampa del mercantilismo amoroso de nuestra madre. Pero sí valorar, también, ese trabajo callado y silencioso de nuestras madres en casa ( y en la calle también): esa lavadora; esa plancha; ese plato de comida; esa cama recién hecha con olor a limpio… trabajos que podemos hacer todos, pero que en las manos mimosas de mamá parece que tienen otro valor.

Gracias a todas y cada una de ellas. Gracias por ser el vehículo para poder vivir; gracias por esa entrega generosa; gracias por esa sonrisa desinteresada; gracias por esos insomnios gratuitos que en la profundidad de nuestros sueño, nos hacen sentirnos seguros.

Es, por lo tanto un trabajo en familia, una familia que trabaja y se quiere, es una familia que responde a las necesidades vitales. Día del trabajo y día de la madre este año coinciden y van de la mano, pero que deben de ir de la mano no solamente este año, sino siempre.

Seamos generosos con nuestra madre. No generosos en lo económico, generosos con lo que no cuesta: con el abrazo, con la sonrisa, con el silencio cómplice de una visita que no espera, con la caricia en los momentos más inesperados, con la visita en los momentos más complicados de la vida de ella, con el acompañamiento silencioso en los momentos de dificultad por una enfermedad.

Seamos complacientes y generosos mientras la tengamos con nosotros. Felicitémosla no solamente el día de la madre, sino los 365 días del año y el día de la madre, será un trabajo en familia, para el disfrute de todos.

            Feliz Pascua. Hasta la próxima. Paco Mira

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