¡DE QUÉ NOS CANSAMOS!

La gran mayoría de las personas adultas, salvo las que son muy inconscientes e irresponsables, podríamos hacer una lista, a veces larga, de temas, personas y situaciones que nos provocan cansancio y agobio, ya sea por temas personales, familiares, afectivos, laborales, económicos, políticos, Aunque, alguno de esos elementos pueden desaparecer más o menos tarde, pero muchos permanecerán ahí porque no tienen solución. Por eso, la experiencia nos demuestra que, con el paso del tiempo, esa lista no desaparece sino aumenta y sentimos que esa lista cada vez pesa más, el día se hace cada vez más duro, y quisiéramos poder descansar.

El cansancio y el agobio es una experiencia que, por diferentes motivos y con diferentes manifestaciones, ha acompañado al ser humano desde siempre. Por eso Jesús, verdadero Dios y hombre, este finde nos dice: vengan a mí todos los que están cansados y agobiados que yo les aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas. Muchos dirán que si fuera verdad eso, no hay mejor médico que ese.

Pero quizá estemos esperando que el Señor haga un milagro y desaparezca eso que nos produce cansancio y agobio. O quizás es que lo estamos afrontando mal, con rabia, con rebeldía, sin recordar que hay situaciones que son así y que hay que aceptarlas como son. Por eso él ha dado en la clave: tomen mi yugo, aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón. No nos dice que quitará esa lista de cansancios y agobios; sino que nos dice que aprendamos de él para afrontarlos, con mansedumbre, con humildad y entonces experimentaremos el descanso para nuestra alma.

Claro, que cuando hablamos de mansedumbre y humildad, parece que suena a fatalismo, suena a una resignación cristiana, eso que normalmente decimos «aguántate, qué le vamos a hacer, si te ha tocado a ti».

Pero claro, no es saber leer en lo que la semana pasada hablábamos de «entre líneas». Mansedumbre y humildad no son actitudes fatalistas y resignadas, no son sinónimo de debilidad, sino de confianza en Dios, sin dejarnos arrastrar por la rabia y la rebeldía.

Como dice Pablo en la segunda lectura, el Espíritu e Dios es el que nos tiene que dar ahora la fuerza necesaria, para que ese cansancio y debilidad se conviertan en fuerza y fortaleza ante las adversidades. Adversidades que no van a desaparecer, pero que la confianza en Dios nos va a servir para llevarlo de la mejor manera posible.

Vivimos en un mundo que no nos ayuda a afrontar las debilidades con serenidad. Cada vez caminamos más de prisa y quizás valoramos mucho la inmediatez más que la serenidad y el reposo para poder tomar decisiones que mejor nos convienen. Ahora que el verano nos oferta el descanso – para los que puedan – sería una buena terapia para preguntarnos cómo estamos llevando los agobios que la vida nos ofrece. Cómo estamos afrontando la realidad que nos ha tocado vivir a cada uno.

Podemos hacer una lista de momentos y actitudes que llevan a los agobios que, a veces, no sabemos, no podemos o no queremos afrontar. Ojalá que aprendamos de Jesús a llevar esos agobios con la serenidad que merece la pena. Seguro, que si así lo hacemos, el mundo caminará de otra manera.

Hasta la próxima.Paco Mira

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