PUERTAS CERRADAS.

No hace mucho, se celebraba en la universidad una jornada de puertas abiertas. La intención no era otra que la de ofrecer y enseñar lo que la universidad tiene para que pueda ser atrayente a mucha gente joven que hoy en día está pensando en un futuro, más o menos lejano, pero que en el fondo es su futuro.

Sin embaro el evangelio de hoy nos muestra lo que tiene que ser, pero al contrario. No son jornadas de puertas abiertas, sino jornadas de miedo y por ello cerraban las puertas. No solamente no querían que entrase nadie, sino que tampoco saliese nadie. La decepción y desilusión en la esperanza de un resucitado se había desvanecido y parecía que toda la lucha que se había forjado se cayó en un momento como un castillo de naipes.

El hecho de estar encerrados, el hecho de tener miedo, es porque lo que hasta ahora había hecho el líder lo tenían que hacer ellos solitos. Ya no había nadie que les dijera lo que tenían que hacer y cómo tenían que hacerlo, ahora toca ser mayores de edad y empezar a funcionar en solitario.

Es momento de enseñar nuestro carnet que supone que somos mayores de edad. No estamos solos, sino que el Maestro sigue con nosotros y nos ha dejado el Espíritu para tener conocimiento certero de que sus palabras se cumplen siempre. Pero ahora nos toca generar un espíritu de comunión y ello exige compartir nuestra vida, no como una obligación sino como una opción de vida.

Queremos anunciar el reino de Dios, siendo solidarios, misericordiosos con todas las personas, especialmente con los más vulnerables. Compartir es un modo de vivir, es responsabilidad de todo creyente de ayer, de hoy y de siempre.

Mucho hablamos de Tomás, pero estoy seguro que nos hubiese pasado a cualquiera de nosotros. La muerte no tiene la última palabra, Jesús está vivo y en medio de nosotros. Por ello, Pascua es una lección de vida, y la Resurrección de Jesús, una lección de fe, o en todo caso, una invitación a creer. ¿Y qué es lo que creemos? Creemos firmemente que Dios anuncia amaneceres resplandecientes para todos y para todas: Dios anuncia un mañana para el pueblo de Gaza así como para el de Ucrania, sin olvidar a todos los otros países que están en guerra o viviendo en regímenes autoritarios, obligando a toda su gente a vivir en el exilio forzado, buscando una tierra prometida. Dios anuncia mañanas luminosas para las madres buscadoras de los desaparecidos en México, así como justicia para las mujeres víctimas de feminicidio. Dios promete un porvenir digno para las infancias violentadas, para las minorías rechazadas, para todas las personas que se convierten en migrantes atravesando fronteras, para todos los empobrecidos y los excluidos de la tierra, los anawim de hoy, de nuestra casa común. Sin olvidar nuestros dramas personales o familiares, Dios va aclarando el camino gracias a la presencia de tantas personas que nos van aluzando, 

Comprobar los sentimientos que nos ayudan a ver al que llora, sufre y muere en nuestro mundo. El amor que nos hace tocar, palpar, la realidad del pobre y desvalido. Ver la desolación y el desánimo, tocar lo vulnerable es una manera de exclamar, ¡Señor mío y Dios mío!.

Todos somos un poco como Tomás, aunque deseemos que el Señor nos llame dichosos por creer sin ver, que sólo el hace posible la Vida Nueva que tanto ansiamos. La equivocación de Tomás no está en pretender su propia experiencia pascual, no es la verificación científica, sino la experiencia de fe.

Pero, ¿cuál es nuestra experiencia hoy del Resucitado?. La resurrección se vive y se hace presente donde se lucha por la vida y se combate contra la muerte. Donde se liberan las fuerzas de la vida y donde se lucha contra todo lo que deshumaniza y mata al hombre.

Quien a pesar de fracasos, frustraciones y sufrimientos, lucha incansablemente por todo aquello por lo que luchó Jesús, está caminando con él hacia la vida. Creemos en el gesto resucitador de Dios cuando damos vida a los crucificados, cuando damos vida a quienes están amenazados en su dignidad y en su vida misma. Vivir como resucitados es vivir como servidores, buscando la vida y la justicia por la que Jesús vivió y murió.

Si creemos en Jesús y si en esta Pascua hemos renovado las promesas de nuestro bautismo, estamos llamados a tomarnos su Evangelio en serio, a ser profetas de esperanza, a salir a los cruceros de la vida, a las orillas del mundo, a poner manos a la obra y pies en marcha, a ser fermento, ahí donde se encuentran los caminos de Dios con las realidades de la humanidad.

Hasta la próxima. Paco Mira

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